Si tuvieras que describir lo que sentiste en ese momento no encontrarías una palabra apropiada. Supongo que serían varias. Mezcla rara de tristeza, compasión, angustia, alivio. No alivio por vos, sino por él. Esa persona que te cuidó y te ayudó a crecer, ese día ya no estaba.
Recordás la rutina de ese día como si la leyeras a diario en el viaje al trabajo. Era viernes. Por la mañana, el colegio; por la tarde una de esas tediosas clases a contra turno. Llegaste a casa y decidiste dormir en vez de visitarlo, quizás por la loca esperanza que guardabas de que otra vez, como tantas veces antes, lo ibas a poder abrazar tan fuerte como pudieras, y podrías volver a escuchar esas historias que te hacían caminar por sus recuerdos empañados por el tiempo. Creíste que esta recaída sería como las anteriores: un par de días y de vuelta a casa. Pero no fue así. Te levantaste sobresaltada por el movimiento que irrumpía tu hogar y sin planearlo, casi sin pensarlo, te encontraste corriendo desconcertada al encuentro de una noticia que imaginaste alguna vez pero no esperaste en ese momento.
Llegaste. Viste caras que conocías a la perfección pero que no querías ver. No escuchaste las palabras exactas, pero te bastó con la reacción de tu alrededor. No querías mirar a nadie, sin embargo no pudiste evitar el abrazo con tu hermana que tanto necesitaban. Te sentaste y te acurrucaste en tu interior, intentando razonar lo que estaba pasando. Siempre intentaste encontrar sentidos a las situaciones pero no tuviste suerte con esta.
A partir de ese instante algo nublo tu mente, tus recuerdos. Solo recordás haber llorado en el único hombre que aparentaba tranquilidad, pero al que escuchaste llorar cuando te diste vuelta.
Tus memorias saltan al día siguiente, donde viste llegar a tus angelitos, lejanas, casi irreales. Y te abrazaron, te mimaron, te hablaron y hasta te hicieron reír. Ellas siempre te ayudaron a salir un poquito de la realidad, siempre funcionaron como excelentes colchones para amortiguar tus caídas. El llamado de tu mamá te sacó de aquella isla en la que tus angelitos te habían llevado. Hora de irse. Otro hueco en tus recuerdos. Esta vez necesitaste estar sola. Y lloraste, lloraste hasta que no quedaron motivos, hasta que decidiste parar y pensar.
Ese fue uno de los domingos más raros que tuviste que pasar. Llegaste a ese lugar que tanto te pertenece, corriste ese zaguán que conoces de memoria, pero ésta vez con una sensación distinta. Abriste la puerta como esperando verlo, lo buscaste por cada rincón. No lo encontraste, sin embargo no sentiste su ausencia. Fue cuando supiste que estaba con vos, en cada rincón, en cada paso, él no te deja caer. Vos nunca me dejas caer.
Recordás la rutina de ese día como si la leyeras a diario en el viaje al trabajo. Era viernes. Por la mañana, el colegio; por la tarde una de esas tediosas clases a contra turno. Llegaste a casa y decidiste dormir en vez de visitarlo, quizás por la loca esperanza que guardabas de que otra vez, como tantas veces antes, lo ibas a poder abrazar tan fuerte como pudieras, y podrías volver a escuchar esas historias que te hacían caminar por sus recuerdos empañados por el tiempo. Creíste que esta recaída sería como las anteriores: un par de días y de vuelta a casa. Pero no fue así. Te levantaste sobresaltada por el movimiento que irrumpía tu hogar y sin planearlo, casi sin pensarlo, te encontraste corriendo desconcertada al encuentro de una noticia que imaginaste alguna vez pero no esperaste en ese momento.
Llegaste. Viste caras que conocías a la perfección pero que no querías ver. No escuchaste las palabras exactas, pero te bastó con la reacción de tu alrededor. No querías mirar a nadie, sin embargo no pudiste evitar el abrazo con tu hermana que tanto necesitaban. Te sentaste y te acurrucaste en tu interior, intentando razonar lo que estaba pasando. Siempre intentaste encontrar sentidos a las situaciones pero no tuviste suerte con esta.
A partir de ese instante algo nublo tu mente, tus recuerdos. Solo recordás haber llorado en el único hombre que aparentaba tranquilidad, pero al que escuchaste llorar cuando te diste vuelta.
Tus memorias saltan al día siguiente, donde viste llegar a tus angelitos, lejanas, casi irreales. Y te abrazaron, te mimaron, te hablaron y hasta te hicieron reír. Ellas siempre te ayudaron a salir un poquito de la realidad, siempre funcionaron como excelentes colchones para amortiguar tus caídas. El llamado de tu mamá te sacó de aquella isla en la que tus angelitos te habían llevado. Hora de irse. Otro hueco en tus recuerdos. Esta vez necesitaste estar sola. Y lloraste, lloraste hasta que no quedaron motivos, hasta que decidiste parar y pensar.
Ese fue uno de los domingos más raros que tuviste que pasar. Llegaste a ese lugar que tanto te pertenece, corriste ese zaguán que conoces de memoria, pero ésta vez con una sensación distinta. Abriste la puerta como esperando verlo, lo buscaste por cada rincón. No lo encontraste, sin embargo no sentiste su ausencia. Fue cuando supiste que estaba con vos, en cada rincón, en cada paso, él no te deja caer. Vos nunca me dejas caer.
Hermoso Mile, como la tristeza y el dolor pueden ser centros de inspiración... qué genial es trasnformar el dolor en otro sentimiento sanador también...
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