martes, 23 de junio de 2009

Beatriz (Las estaciones)

Las estaciones son por lo menos invierno, primavera y verano. El invierno es famoso por las bufandas y la nieve. Cuando los viejecitos y las viejecitas tiemblan en invierno se dice que tiritan. Yo no tirito porque soy niña y no viejecita y además porque me siento cerca de la estufa. En el invierno de los libros y las películas hay trineos, pero aquí no. Aquí tampoco hay nieve. Qué aburrido es el invierno aquí. Sin embargo, hay un viento grandioso que se siente sobre todo en las orejas. Mi abuelo Rafael dice a veces que se va a retirar a sus cuarteles de invierno. Yo no sé por qué no se retira a cuarteles de verano. Tengo la impresión de que en los otros va a tiritar porque es bastante anciano. Jamás hay que decir viejo sino anciano. Un niño de mi clase dice que su abuela es una vieja de mierda. Yo le enseñé que en todo caso debe decir anciana de mierda. Otra estación importante es la primavera. A mi mamá no le gusta la primavera porque fue en esa estación que aprehendieron a mi papá. Aprendieron sin hache es como ir a la escuela. Pero con hache es como ir a la policía. A mi papá lo aprehendieron con hache y como era primavera estaba con un pulóver verde. En la primavera también pasan cosas lindas como cuando mi amigo Arnoldo me presta el monopatín. Él también me lo prestaría en invierno pero Graciela no me deja porque dice que soy propensa y me voy a resfriar. En mi clase no hay ningún otro propenso. Graciela es mi mami. Otra cosa buenísima que tiene la primavera son las flores. El verano es la campeona de las estaciones porque hay sol y sin embargo no hay clases. En el verano las únicas que tiritan son las estrellas. En el verano todos los seres humanos sudan. El sudor es una cosa más bien húmeda. Cuando una suda en invierno es que tiene por ejemplo bronquitis. En el verano a mí me suda la frente. En el verano los prófugos van a la playa porque en traje de baño nadie los reconoce. En la playa yo no tengo miedo de los prófugos pero sí de los perros y de las olas. Mi amiga Teresita no tenía miedo de las olas, era muy valiente y una vez casi se ahogó. Un señor no tuvo más remedio que salvarla y ahora ella también tiene miedo de las olas pero todavía no tiene miedo de los perros. Graciela, es decir mi mami, porfía y porfía que hay una cuarta estación llamada elotoño. Yo le digo que puede ser pero nunca la he visto. Graciela dice que en elotoño hay gran abundancia de hojas secas. Siempre es bueno que haya gran abundancia de algo aunque sea en elotoño. El elotoño es la más misteriosa de las estaciones porque no hace ni frío ni calor y entonces uno no sabe qué ropa ponerse. Debe ser por eso que yo nunca sé cuándo estoy en elotoño. Si no hace frío pienso que es verano y si no hace calor pienso que es invierno. Y resulta que era elotoño. Yo tengo ropa para invierno, verano y primavera, pero me parece que no me va a servir para elotoño. Donde está mi papá llegó justo ahora elotoño y él me escribió que está muy contento porque las hojas secas pasan entre los barrotes y él se imagina que son cartitas mías.


Mario Benedetti, "Beatriz (Las estaciones)" en Primavera con una esquina rota, 1982.

miércoles, 17 de junio de 2009

Son esos días.

Si tuvieras que describir lo que sentiste en ese momento no encontrarías una palabra apropiada. Supongo que serían varias. Mezcla rara de tristeza, compasión, angustia, alivio. No alivio por vos, sino por él. Esa persona que te cuidó y te ayudó a crecer, ese día ya no estaba.
Recordás la rutina de ese día como si la leyeras a diario en el viaje al trabajo. Era viernes. Por la mañana, el colegio; por la tarde una de esas tediosas clases a contra turno. Llegaste a casa y decidiste dormir en vez de visitarlo, quizás por la loca esperanza que guardabas de que otra vez, como tantas veces antes, lo ibas a poder abrazar tan fuerte como pudieras, y podrías volver a escuchar esas historias que te hacían caminar por sus recuerdos empañados por el tiempo. Creíste que esta recaída sería como las anteriores: un par de días y de vuelta a casa. Pero no fue así. Te levantaste sobresaltada por el movimiento que irrumpía tu hogar y sin planearlo, casi sin pensarlo, te encontraste corriendo desconcertada al encuentro de una noticia que imaginaste alguna vez pero no esperaste en ese momento.
Llegaste. Viste caras que conocías a la perfección pero que no querías ver. No escuchaste las palabras exactas, pero te bastó con la reacción de tu alrededor. No querías mirar a nadie, sin embargo no pudiste evitar el abrazo con tu hermana que tanto necesitaban. Te sentaste y te acurrucaste en tu interior, intentando razonar lo que estaba pasando. Siempre intentaste encontrar sentidos a las situaciones pero no tuviste suerte con esta.
A partir de ese instante algo nublo tu mente, tus recuerdos. Solo recordás haber llorado en el único hombre que aparentaba tranquilidad, pero al que escuchaste llorar cuando te diste vuelta.
Tus memorias saltan al día siguiente, donde viste llegar a tus angelitos, lejanas, casi irreales. Y te abrazaron, te mimaron, te hablaron y hasta te hicieron reír. Ellas siempre te ayudaron a salir un poquito de la realidad, siempre funcionaron como excelentes colchones para amortiguar tus caídas. El llamado de tu mamá te sacó de aquella isla en la que tus angelitos te habían llevado. Hora de irse. Otro hueco en tus recuerdos. Esta vez necesitaste estar sola. Y lloraste, lloraste hasta que no quedaron motivos, hasta que decidiste parar y pensar.
Ese fue uno de los domingos más raros que tuviste que pasar. Llegaste a ese lugar que tanto te pertenece, corriste ese zaguán que conoces de memoria, pero ésta vez con una sensación distinta. Abriste la puerta como esperando verlo, lo buscaste por cada rincón. No lo encontraste, sin embargo no sentiste su ausencia. Fue cuando supiste que estaba con vos, en cada rincón, en cada paso, él no te deja caer. Vos nunca me dejas caer.